Nací en Costa Rica
Nací en un pequeño barrio de la ciudad de San José de Costa Rica. Eran los años cincuenta.
Ahora que estoy aquí,
me siento a recordar con especial romanticismo, y puedo
visualizar hasta el menor detalle. Recuerdo una mañana
muy soleada, pero no puedo sentir la impresión del
sol quemante, sino un calor suave y acariciador. Una brisa
con aroma a césped mojado refresca mi nostálgica
nariz. No detecto ningún pensamiento triste ni derrotista,
es más, siento no saber qué significan esas
palabras. En esa época soy un ser que vive y se siente
condueño de todo lo que existe, aunque no estoy muy
seguro de lo que eso pueda significar.
Una noche nos visitó
mi hermana con su marido. Mi madre estaba emocionada por
ello, a tal grado que compró las mejores viandas
y orgullosamente las sirvió para así agasajar
al especial invitado. Conversaron hasta tarde y cuando se
percataron de que mis ojos se cerraban del sueño;
apenas pude darme cuenta que una varonil fuerza levitóme
hasta mi cama.
Mi dormir no fue
lo usualmente plácido. Unas metálicas voces
poblaron mi crepuscular estado, unas voces más allá
del espacio y del tiempo, no lograba entenderlas, pero sí
me transmitían un nuevo sentimiento, angustia. El
silencio repentino me despertó en la soledad de mi
habitación. Mi cama sonó cuando me senté
y lentamente mi mirada traspasó la gran ventana donde
se apreciaba el inmenso patio. Mi corazón se sobresaltó
al ver una fría y fantasmal imagen. Era el mismo
patio de siempre, la luz de la luna llena iluminaba los
árboles creando una negra sombra debajo de ellos
que contrastaba con el fulgor plateado del alumbrado césped,
pero algo había cambiado, una fantasmal niebla lo
invadía todo. La triste luz plateada bañaba
el piso de madera. Un sepulcral frío invadió
mi alma. Continuaba observando el patio como esperando que
algo sucediese, el tiempo pasó, y mis ojos se fueron
cerrando. Mi sueño volvió a ser incómodo.
Al día siguiente
me levanté a la rutina. No me sentía bien.
Con los días,
mi malestar aumentó, mi cara perdió su color
y mi espíritu se debilitó. Es apendicitis..
dijo el doctor. Y fui trasladado el hospital de emergencia,
ya que según el dictamen, mi vida corría serio
peligro.
Mis actuales
recuerdos de esa época específica están
repletos de lagunas. Tal parece que mi vida se hubiera dividido
en dos partes. Antes y después de aquella noche.
Penosamente recuerdo
el monótono cuarto del Hospital San Juan de Dios,
su hilera de camas ocupadas por otros infantes. La mente
nublada por el efecto de un sedante, un desplazamiento rápido
hacia una fría sala de operaciones. De ahí
en adelante, una pequeña sucesión de imágenes
y sensaciones extrañas. Un olvido total, un sueño
sin soñar.
Una semana después
regresé a mi casa. Mi madre me miraba escrutadoramente.
Sus ojos tristes y desvelados me recordaban un rostro de
Cristo que había visto en la Iglesia Catedral.
¿Dónde está papá?
No hubo repuesta.
Mi pensamiento se
dirigió alegre hacia aquel hombre corpulento, quien
de cuclillas me esperaba con los morenos y peludos brazos
abiertos. Dentro de su abrazo había encontrado una
seguridad infinita. Esa sensación era reciente. Todavía
tenía prendido en mi nariz el varonil aroma de su
colonia.
El tiempo continuó
su mecánico movimiento.
Llegó el momento de volver a salir a reunirme con
mis amigos. Emilio, Yito, Francisco y el otro. Es extraño,
no puedo recordar el nombre de aquel niño que muchas
veces jugó conmigo. Les he preguntado a todos y ninguno
parece saber de qué estoy hablando. Me intriga. Si
bien es cierto que no fue mi mejor amigo, pero tampoco recuerdo
que fueran pocas las veces que lo vi. El asunto empeora
cuando se me hizo imposible situar su casa.
Mis recuerdos de esa fantasmal
imagen se remontan a aquella época pacifica y diferente.
Mi joven mente pronto desistió y traté de
olvidar esa situación, en vista de que habían
otros asuntos más trascendentes.
Terminó la
escuela, llegó el Colegio, y la Universidad, mi vida
siguió su ritmo.
Una noche, llegué a la casa alrededor de las once
de la noche. Silenciosamente atravesé el largo pasillo
que conducía a mi dormitorio. Como las habitaciones
no tenían puerta, pude ver las difuminadas figuras
acostadas. Allí estaba mi madre, luego mi abuela
con su característico olor a varios ungüentos
balsámicos.
Un golpe seco me
despertó en la madrugada, su eco todavía resonaba
en mi cabeza. Era extraño, nadie se había
levantado, solamente yo. Esperé a oír voces
o cualquier otra cosa. Pero no oí nada.
Un escalofrío
me recorrió de pies a cabeza, una sensación
de dejá vu invadió mi entendimiento. No sabía
si estaba despierto o soñaba. La misma luz lunar
bañaba el piso, la misma niebla. Terror. Tenía
crispada la piel. Una sensación de inmovilidad. Músculos
rígidos, expectantes, defensivos... .
Era igual que la otra noche...
pero hacía tantos años.
Mis pensamientos
se nublaron. Tuve una extraña sensación ambulatoria,
sensual, lujuriosa. Me incorporé de mi cama, y salí
de mi habitación. Un poderoso deseo carnal me impulsaba
a visitar la habitación de la criada. Imaginaba su
tibio cuerpo, sus sensuales caricias, su enloquecedor olor
a mujer. Avancé. Y como salido de un éxtasis,
mis pensamientos se ordenaron. Mi conciencia volvió
a tomar las riendas. Ahí estaba yo, sentado en mi
cama; no había avanzado. También en ese momento
recapacité en el hecho de que el cuarto contiguo
estaba desocupado y de que según entendía,
nunca habíamos tenido servicio doméstico.
No podía recordar que nadie hubiera dormido allí
nunca.
A la mañana
siguiente mi abuela amaneció muerta.
Por ser mi familia
muy pequeña, al funeral sólo asistimos mi
madre y yo. Triste sería la imagen mía compartiendo
penosamente el peso del ataúd con el panteonero.
Con el pasar de
los días el sentimiento de pérdida se hizo
más fuerte. No solamente era la falta del ser querido,
sino la creciente sensación de que con el tiempo
iban desapareciendo de mi vida personas. Figuras que una
vez tuvieron forma, nombre, atributos definidos, ahora no
eran más que manchas borrosas.
Gracias a Dios,
nos hemos cambiado de casa, porque aborrezco el pensar en
la posibilidad de que esa maldita visión se vuelva
a repetir.
Otra casa, otra vida.
Siempre creí
que este día llegaría, ahora estoy esperando
pacientemente que mi novia llegue desde su lejana casa hasta
la iglesia donde nos casaremos. Anoche no dormí bien,
imágenes de la odiada casa me atenazaron toda la
noche.
Por fin llega, bueno,...
dicen que la novia es la última en llegar. Ya las
dos parejas que nos servirán de padrinos denotan
impaciencia. Este matrimonio no será normal, ya que
tendrá una quinta persona como padrino, es.... .
Mi día se nubla con un terror más allá
de lo imaginado, no puedo recordar el nombre, Oh Dios, tampoco
puedo recordar nada acerca de mi amigo. No pero esta vez
no podrán convencerme de que estoy delirando. Tengo
una prueba irrefutable, de alguna manera sé que el
me prestó su jacket anoche en la fiesta de despedida
de soltero. Quedó en mi vehículo.
La novia baja lentamente
del vehículo de su padre. Le perturba mirar mi rostro
ansioso. Se serena, sonríe, y me hace un gesto con
la cabeza para que me adelante y empecemos.
Salimos de la Iglesia.
Mi nuevo suegro apoya su mano en mi hombro y me susurra...
...Tome las llaves
de mi vehículo para que lleve a su esposa al aeropuerto.
Yo lo seguiré en otro vehículo y allá
me lo entrega.
Mis ojos vidriosos
sólo atinaron a dirigirle una estúpida mirada.
FUENTES:
· www.kruela.ciberanika.com
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